Cierra la puerta: Capítulo 3

3

PORTADA

Javier detuvo el coche enfrente del hostal donde Richard se hospedaría los próximos días. Sin bajar del coche, Javier le insistió:

— Ya sabes que puedes quedarte a dormir en casa.

— Lo sé, pero estaré bien, no te preocupes, amigo.

Richard le despidió, entró en el hostal y subió hasta su habitación, en la segunda planta. Una vez dentro, hizo un recorrido exhaustivo de toda la habitación, con mayor insistencia en el armario empotrado enfrente de la cama. La habitación era pequeña pero confortable. Apenas alcanzaba a tener 20m2, pero solo necesitaba descansar y pensar en cómo abordaría el plan que llevaba en su cabeza.

Se sentó en el borde de la cama y miró a su alrededor y evocó ese momento en el que se encontraban en la habitación 306 del hotel que le dejaría sin su amada, la imaginó saliendo de la ducha, con la bata medio abierta dejando entrever un sugerente sujetador rojo, mirando a esos preciosos ojos color miel y esa mirada honesta que casi siempre encandilaba a propios y extraños, también echaba de menos; pensó, sonriendo en la soledad de esa triste habitación, el genio y el carácter luchador que la caracterizaban.

Suspiró y se dejo caer lentamente sobre la cama, antes de que pudiera cerrar los ojos, algo golpeó la puerta. Se incorporo de inmediato, aterrorizado se llevo la mano al corazón, que parecía a punto de salir huyendo. Se puso en pie y se pegó como una lapa a la vieja puerta de madera. No escucho nada. Abrió con precaución y se asomo al pasillo. Un joven treintañero iba haciendo eses, se giró y le miró con los ojos inyectados en sangre, se movía de forma extraña, parecía llevar encima algo más que una buena cogorza.

—¿Sabes que es lo peor?  —preguntó de repente, pronunciado las palabras con cierta dificultad—. Lo peor es que ella lo sabe todo, te observa, ahora mismo  —le apuntaba con el dedo índice y su tono de voz iba subiendo paulatinamente— ella sabe que estas pensando en cosas muuuy malas. ¡Fracasaras, miserable! —chilló, dejando caer un hilillo de baba de su boca.

Richard no pudo evitar sentir una punzada en el estomago, ese tío hablaba como si le hubiera leído la mente, vale que estaba influenciado por la bebida y tal vez, por algún tipo de estupefaciente, pero parecían palabras pronunciadas por el mismísimo diablo.

El recepcionista llegó hasta la segunda planta, sorteando a las personas de otras habitaciones que habían salido a ver el espectáculo. El chico obedeció y no opuso retención cuando el hombre le pidió que le acompañara, pero cuando paso al lado de Richard sonrió, no fue una sonrisa cómplice en plan “me han pillado tío, ya me voy”, o una sonrisa gamberra en plan “la fiesta continua, colega, hasta luego”, nada de eso, a Richard le pareció la sonrisa más aterradora y turbadora que había observado en su jodida vida. Se atrevió a pensar en algo que le aterraba, pensó que esa sonrisa no era humana, no podía serlo.

Como era evidente, no pegó ojo en toda la noche, así que cuando el reloj que había en la mesilla de noche marcaba las tres de la madrugada, salió del hostal para dar un paseo. Necesitaba tomar aire. Paseaba por las calles del Ensanche y a esas horas apenas se veía un alma, el viento se desplazaba con brusquedad y las sombras tenebrosas y alargadas de las arboledas parecieran haberse adueñado de la ciudad. Se preguntó en voz alta que hacía allí, en la misma ciudad que le había arrebatado lo que más quería en la vida.

<<¿Es una locura haber venido hasta aquí?>> <<¿Debería regresar a casa, antes de que me encierren en un loquero?>>.

La respuesta llegó en forma de revelación. Richard no sabría decir si lo hizo intencionadamente o fueron sus pies; inconscientemente, los que le llevaron hasta allí, pero estaba en frente del edificio del “Hotel Nou Passeig”. Todo parecía diferente; el cartel renovado, la moderna puerta de cristal giratoria, la restaurada fachada; pero al mismo tiempo estaba igual que antes. Richard captó el mismo aire tenebroso, ese que le estremeció todo el cuerpo el día que se marchó de allí y miró el edificio por última vez. Percibió que algo maligno estaba aguardando bajo el bloque; que proyectaba un falso aura de transformación.

Tomó aire y se encamino a la entrada, una entrada al abismo…

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“El beso” de Gustav Klimt en Siria

El artista sirio Tammam Azzam posteó en Twitter esta fotografía de un muro en Damasco, Siria, con un montaje de la obra “El beso” de Gustav Klimt. Pronto se viralizó la imagen, que busca llamar la atención del mundo sobre la situación de este país.
Tammam Azzam's version of Klimt's The Kiss 650

Información extraída de:

http://www.arteycallejero.com/2013/02/el-beso-de-gustav-klimt-en-un-muro-de-siria-viralizacion-de-un-mural-digital/#/0

Citas Julio: Pintura

“La pintura puede ser para los iletrados lo mismo que la escritura para los que saben leer.” Gregorio I Magno

“A veces hay que estropear un poquito el cuadro para poder terminarlo.” Eugène Delacroix

“Yo no digo todo, mas pinto todo.” Pablo Picasso

“Una pintura es un poema sin palabras.” Horacio

“El ojo recibe de la belleza pintada el mismo placer que de la belleza real.” Leonardo Da Vinci

Cierra la puerta: Capítulo 2

2

PORTADA

El avión inició el descenso a unos 2.300m. de altura, las luces indicaron la obligatoriedad de colocarse el cinturón de seguridad. Habían despegado del Aeropuerto de Dublín a las doce horas de un soleado día de domingo y estaba previsto que aterrizaran a las tres y veinte minutos de la tarde en el Aeropuerto del Prat, en Barcelona. El vuelo había sido de lo más tranquilo, pero justo en el momento de comenzar a descender, el avión se meneó un poco, provocando algún chillido ahogado entre algunos de sus pasajeros. Richard iba sereno, solamente tenía espacio en su mente para pensar en una cosa: Alice.

Una mujer joven, que viajaba a su lado, le agarró del brazo tras una intensa segunda sacudida. Cuando paso, miró a Richard y retiro la mano avergonzada.

—Disculpe, me pone muy nerviosa volar —dijo la joven de ojos azules, que en ese momento parecían a punto de salirse de las cuencas.

—No se preocupe,  —contestó Richard— no creo que caigamos.

—¿No le asusta volar?  —preguntó la joven.

—Antes sí  —le respondió tras unos segundos de reflexión— pero ahora le tengo miedo a otro tipo de cosas.

El avión aterrizó sin mayores sobresaltos en la capital catalana. La chica parecía altamente aliviada, su cara contraída se relajó y Richard pudo percibir que sin ese semblante de angustia, era una chica muy hermosa. Él, en cambio, comenzó a sentir el nerviosismo de estar a punto de iniciar una batalla contra el infierno. Ahora no había marcha atrás. Estaba en la ciudad que abandonó entre lágrimas y desesperación la última vez que la pisó.

Un hombre con el pelo desaliñado, una barba densa y gafas de sol alzó su mano cuando Richard apareció con la maleta. A pesar de su camiseta sucia y grande, la barriga marcaba su territorio. Richard le observó y le costó reconocerlo. <<¿Dónde se ha metido aquel hombre que vestía con elegancia el traje, de sonrisa afable y mirada cercana?, pensó asustado, Richard>>. No había que ser un lince para deducir que el incidente del hotel le había hecho envejecer considerablemente, también a él le había marcado de por vida. Tras sus gafas de sol, las ojeras eran notables.

—Hola, Richard  —saludó con voz cansada.

—Hola, amigo  —contestó él—. ¿Qué tal estas?  —la pregunta fue simple cordialidad.

—Le mentiría si dijera que bien  —respondió con sinceridad—. No dejo de pensar en su mujer, en todo lo que pasó aquel día en el hotel, si pudiera regresar en el tiempo…

—Eso es imposible  —respondió con rotundidad Richard—. Pero en cambio creo que podemos hacer algo para evitar que le pase lo mismo a otra inocente persona, ¿verdad?

Javier asintió con la cabeza. Miró hacia uno de los restaurantes del aeropuerto y le hizo señas para que le acompañara. Cuando se sentaron en la mesa, esperando a que les sirvieran, el ex director del hotel sacó una tarjeta de visita. En ella, aparte de una dirección postal y un teléfono y e-mail de contacto, se podía leer: Fernando Rodríguez. Director General. Hotel Nou Passeig en Barcelona.

—¿Es el mismo Fernando que creo que es?

—No, ese chico se esfumó después de lo sucedido. Creo que cambió de ciudad, quedó también muy afectado. La última vez que le vi fue cuando nos cruzamos en la comisaria, después del último interrogatorio.

Richard comprendió, mirando la cara y los gestos de ese hombre, que ese ser malvado que arrastro a Alice hasta el fondo del armario de esa maldita habitación, no solo se llevo a Alice al interior de las tinieblas, también dejo tocados y casi hundidos a las otras tres personas que vivieron en primera persona ese terrible suceso.

Y después de tres años, alguien con mucho dinero había reformado el edificio y quería reabrir el hotel, con la cara lavada: Sí, con el peligro latente: También. Richard pensó que si hablaba con ese hombre podía conseguir que al menos se planteara seguir con el proyecto, imagino que al presentarse en persona y contarle in situ su historia, conseguiría pararles los pies. Mucho se equivocaba Richard; Fernando, el nuevo director del hotel, estaba a punto de abrir y nada ni nadie podían detenerle. Tampoco el ser que se llevo a Alice tres años antes iba a parar, estaba sediento por llevarse más almas a su rincón oscuro.

PDF: Cierra la Puerta Cap.2