Cierra la Puerta: Capítulo 5

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Jhon despertó sobresaltado y empapado de sudor.  Su preciosa chica le rodeaba el pecho con su brazo, él lo aparto con delicadeza, intentando no despertarla. No es la primera vez que soñaba con su madre, pero esta vez era distinto. Alice, en su sueño, le advertía del peligro que corría su padre, le decía que Richard necesitaba su ayuda. El sueño había sido tan real…

Hacía tres años que su madre había desaparecido en extrañas circunstancias, cuando ella y su padre pasaban las vacaciones de verano en España. Se encontraban en un hotel de Barcelona, cuando su madre salió a comprar y nunca volvió a la habitación. Según le había contado su padre, las autoridades españolas estaban investigando los hechos, él regreso después de una semana y nunca más tuvieron noticias de su madre.

Entonces, tenía 18 años y la primera semana de conocer los hechos, quiso desesperadamente ir a España, pero Richard se comportó de una manera muy extraña, como si no quisiera saber la verdad, como si él estuviera…se obligó a no pensar en ello. Aún y así, se instaló una desconfianza entre ellos, que hizo que Jhon abandonara el hogar. Los padres de Helen, su novia, le acogieron en su casa, a pesar de que eran muy jóvenes, aceptaron de buen grado, pues conocían bien al chico desde que con 15 años, su hija y ese joven y educado chaval empezaran a salir. Jhon recordaba el día que le dijo a su padre que marchaba de casa, 3 meses después de que él regresara, asintió fríamente, un sutil movimiento de cabeza, la mirada perdida y el semblante impasible. Lo que Jhon no sabe es que cuando se giró, las gotas cayeron por sus mejillas, sabedor de que también a él lo estaba perdiendo.

Eran las cuatro de la madrugada y Jhon se acercó a la cocina a beber algo de agua. Se pasó la mano por la frente empapada de sudor. Pensó en las pesadillas que tenía con su madre, se preguntó si desaparecerían algún día. De hecho, dudaba si quería que le abandonaran o no…si lo hacía dejaría de ver a su madre, aunque fuera en sueños. Miró por la ventana de la cocina, pensativo, mientras la luna llena parecía ejercer en él un efecto hipnotizador, como si tratara de decirle algo.

Quizá fue una intuición, un golpe de suerte o un oído privilegiado, pero se acercó al salón, donde descansaba su móvil en silencio, cuando comprobó que se agitaba y que se iluminaba en la oscuridad de la noche; <<¿alguien me está llamando a las cuatro de la madrugada?, se preguntó extrañado>>. Agarró el teléfono algo temeroso, era una llamada con muchos números. Contestó a la llamada:

— ¿Si?

—Buenas noches, señor. Sentimos llamarle a estas horas, pero es que es el número de la lista de contactos donde aparece usted como hijo del señor…

—Disculpe, no entiendo muy bien su inglés, si pudiera hablar más despacio.

—Sí, claro, perdone. Le llamamos del Servicio de Urgencias del Hospital General de Barcelona, en España. Su padre ha sufrido…

—¿Me está diciendo señorita, que mi padre está en Barcelona?

—Sí —contestó la chica haciendo una pausa. Continuó después de un silencio incomodo—: Su padre ha sufrido un infarto. Se encuentra en la UCI de nuestro hospital. Hemos conseguido reanimarle, pero aún sigue en estado grave.

Jhon dejo caer el teléfono al suelo. La llamada se cortó. Se dejó caer de rodillas pasándose las manos por el cuello, no dejaba de mover la cabeza haciendo un gesto de negación. Ahora el mensaje de su madre parecía resonarle en los oídos como un disco rayado  a todo volumen: Tu padre está en peligro, necesita tu ayuda. Tu padre está en peligro, necesita tu ayuda. Necesita tu ayuda…

—Demasiado tarde, mama —dijo en voz alta, mirando al cielo y justo antes de romper a llorar.

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Citas Agosto: Cambio

“Todos los cambios, aun los más ansiados, llevan consigo cierta melancolía.” Anatole France

“Las masas humanas más peligrosas son aquellas en cuyas venas ha sido inyectado el veneno del miedo…del miedo al cambio.” Octavio Paz

“En un mundo superior puede ser de otra manera, pero aquí abajo, vivir es cambiar y ser perfecto es haber cambiado muchas veces.” Jhon H. Newman

“El cambio es ley de vida. Cualquiera que sólo mire al pasado o al presente, se perderá el futuro.” John Fitzgerald Kennedy

“Todos piensan en cambiar el mundo, pero nadie piensa en cambiarse a sí mismo.” Alexei Tolstoi

Cierra la Puerta: Capítulo 4

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PORTADA

Lo lógico hubiera sido esperar a mañana, cuando se viera con Javier y los dos se reunieran con Fernando, el nuevo director del hotel. Pero no podía esperar, tres años era demasiado tiempo, ahora que estaba enfrente de su destino, ansiaba encararlo.

Muchas imágenes se mezclaron en su cabeza. El momento de la aparición de ese ser fueron unos interminables segundos llenos de terror. Pero lo de después fue peor, sin lugar a dudas. Los días siguientes antes de salir de Barcelona estuvieron llenos de desesperación, impotencia y tristeza.

Tres años antes y una hora después de los hechos, se encontraba en tal estado de shock que apenas escuchó lo que le decía Ernesto, el policía  a cargo de la investigación. Richard le contó como sucedió todo, pero solo estaba de cuerpo presente. Después de varias preguntas sobre los hechos, llegó la que le hizo despertar de su letargo.

—¿Tenían problemas entre ustedes?  —continuó el interrogatorio Ernesto.

Después de los protocolarios saludos de mano, Javier les prestó su despacho para que charlaran tranquilos. Y Ernesto vio la oportunidad de sacar tajada, antes de que llegara el típico abogado toca pleitos hablando de no sé qué derechos que tenían los acusados. Aunque formalmente ese hombre no lo estuviera, <<aún, pensó Ernesto>>, y de encontrarse fuera de su país, si se lo llevaba a comisaria no tardaría en aparecer algún samaritano pidiendo que le enviaran uno de oficio. Así que era su momento.

—¿Problemas? ¿Que tiene esto que ver con lo que ha sucedido?  —preguntó indignado y con cara de asombro.

—Tengo entendido, amigo Richard, que usted trabaja para una compañía de Seguros, con eso se gana bien la vida  —el policía menudo y con bigote estaba de pie, hizo una pausa y apoyo las manos sobre la mesa del director, Richard que estaba enfrente le miraba cansado— aunque su mujer aún se la gana mucho mejor, parece que el trabajo de juez se paga mejor que el de policía;  aunque los dos busquemos el mismo objetivo: acabar con los malos. El caso es que si le pasara algo a su mujer, usted recibiría una cuantiosa suma por su perdida, ¿eso es cierto?  —inquirió, clavando su mirada en la del pobre Richard.

—Es usted un gilipollas, respondió tras pensarse la respuesta durante unos largos segundos.

—¡Ey! Tranquilo, caballero irlandés, temple sus nervios. Además, me dice algo que yo ya sé, mi ex mujer no para de repetírmelo constantemente. Pero sabe una cosa: soy el mejor atrapando malos, y usted me parece muy malo  —hizo el gesto de olisquear como un perro, acercándose a su cara— me da en la nariz, que esconde cosas. O tal vez,  —dijo, apartando su rostro y moviéndose por la sala— solo sea un pirado más, de esos que después de cometer los crímenes dicen que lo hicieron porque alguien se lo dijo. Hablan de demonios y cosas así…vamos, algo parecido a su versión.

Dos hombres entraron en la sala en ese momento; dos agentes de una altura considerable, con el pelo rapado, corpulentos y con gafas de sol. Ernesto, al lado de ellos, parecía un enano. Parecían dos gemelos clonados de algún campeón de Culturismo. Solo se diferenciaban porqué uno de ellos tenía una cicatriz que asomaba por debajo de las gafas de sol. <<¿Quién coño son estos tíos? Parecen los malos que salían en las pelis de Jungla de Cristal, pensó Ernesto>>. Intento sacar pecho ante ellos y preguntó:

— ¿Podéis dejarme a solas con este caballero?

—No —contesto con sequedad uno de los hombres. A Ernesto le pareció detectar un deje en el acento, como si fuera un guiri, intuyó.

Todo esto empezaba a parecerle muy raro, era una situación tan extraña que hasta empezaba a pensar que quizá el hombre que estaba en esa sala no estuviera tan loco ni fuera un puto asesino.

—¿Quiénes sois vosotros, Mulder y Scully? ¿Os han enviado de Área 51?

Los dos hombres se miraron entre ellos y sonrieron con arrogancia, el hombre que había permanecido callado enseño sus credenciales y una hoja firmada por el Ministerio de Defensa en el que le daban toda la autoridad al Ejército para ocuparse del caso. Ernesto no podía creer lo que leía.

—Nosotros somos los que venimos a revelarte —habló por primera vez el hombre de la cicatriz. Y lo haremos por las buenas —se retiro las gafas de sol, dejando ver la cicatriz que llegaba hasta sus ojos negros y amenazantes, y concluyó— o por las malas.

Ernesto estaba estupefacto, el hombre le agarró por los brazos, pero él se resistió.

—¡Vale, está bien! —gritó—. Puedo yo solo. Déjenme al menos despedirme de nuestro caballero irlandés.

El tipo que le tenía agarrado del brazo, le soltó. El sintió un gran alivio en sus articulaciones, se puso bien la camisa por dentro de sus pantalones, saco un paquete de tabaco y les ofreció un pitillo. Uno de ellos gruño y le apremio para marchar. Ernesto dejó de cabrearles; era un experto en enojar a la gente, se le daba tan bien como atrapar a los malos. Se aceró a Richard y le estrechó la mano. Antes de soltarle, el policía le guiño un ojo. Richard, con habilidad, puso la tarjeta por debajo del puño de su camisa.

—Suerte, caballero —y se fue, no sin antes echar una mirada desafiante a esos tipos con pinta de matones.

Richard tuvo que admitir que ese pequeñajo, sin obviar que era un tipo odioso, tenía algo de encanto y una fuerte personalidad. Los dos hombres se acercaron a él y…

Algo le sacó de su empanamiento mental, seguía enfrente de la puerta del nuevo hotel, recordando los hechos posteriores a lo sucedido con su esposa, cuando alguien le tocó el hombro por detrás. Richard se giró, asustado. No podía ver bien a ese hombre, eran poco más de las tres de la madrugada y estaban completamente a oscuras. Richard pensó dos cosas: o le quería pedir dinero o quería robarle. Ninguna de las dos cosas.

—Te estaba esperando —dijo el hombre.

—Disculpe, debe equivocarse de persona.

—Llevo mucho tiempo esperándote. –Richard pensó que estaba loco y que lo mejor sería marchar de allí, cuando el hombre añadió—: No solo yo. Ella también está impaciente.

Richard se quedo paralizado de miedo. A pesar de la oscuridad pudo verlo, otra vez, esa sonrisa, la misma aterradora sonrisa que en el hostal. Y entonces, su corazón no pudo soportar tanto bombeo al que se vio sometido y se paró. Richard cayó desplomado sobre el asfalto. Enfrente del lugar en el que su mujer desapareció tres años atrás. Curioso, destino.

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