Cierra la Puerta: Capítulo 4

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Lo lógico hubiera sido esperar a mañana, cuando se viera con Javier y los dos se reunieran con Fernando, el nuevo director del hotel. Pero no podía esperar, tres años era demasiado tiempo, ahora que estaba enfrente de su destino, ansiaba encararlo.

Muchas imágenes se mezclaron en su cabeza. El momento de la aparición de ese ser fueron unos interminables segundos llenos de terror. Pero lo de después fue peor, sin lugar a dudas. Los días siguientes antes de salir de Barcelona estuvieron llenos de desesperación, impotencia y tristeza.

Tres años antes y una hora después de los hechos, se encontraba en tal estado de shock que apenas escuchó lo que le decía Ernesto, el policía  a cargo de la investigación. Richard le contó como sucedió todo, pero solo estaba de cuerpo presente. Después de varias preguntas sobre los hechos, llegó la que le hizo despertar de su letargo.

—¿Tenían problemas entre ustedes?  —continuó el interrogatorio Ernesto.

Después de los protocolarios saludos de mano, Javier les prestó su despacho para que charlaran tranquilos. Y Ernesto vio la oportunidad de sacar tajada, antes de que llegara el típico abogado toca pleitos hablando de no sé qué derechos que tenían los acusados. Aunque formalmente ese hombre no lo estuviera, <<aún, pensó Ernesto>>, y de encontrarse fuera de su país, si se lo llevaba a comisaria no tardaría en aparecer algún samaritano pidiendo que le enviaran uno de oficio. Así que era su momento.

—¿Problemas? ¿Que tiene esto que ver con lo que ha sucedido?  —preguntó indignado y con cara de asombro.

—Tengo entendido, amigo Richard, que usted trabaja para una compañía de Seguros, con eso se gana bien la vida  —el policía menudo y con bigote estaba de pie, hizo una pausa y apoyo las manos sobre la mesa del director, Richard que estaba enfrente le miraba cansado— aunque su mujer aún se la gana mucho mejor, parece que el trabajo de juez se paga mejor que el de policía;  aunque los dos busquemos el mismo objetivo: acabar con los malos. El caso es que si le pasara algo a su mujer, usted recibiría una cuantiosa suma por su perdida, ¿eso es cierto?  —inquirió, clavando su mirada en la del pobre Richard.

—Es usted un gilipollas, respondió tras pensarse la respuesta durante unos largos segundos.

—¡Ey! Tranquilo, caballero irlandés, temple sus nervios. Además, me dice algo que yo ya sé, mi ex mujer no para de repetírmelo constantemente. Pero sabe una cosa: soy el mejor atrapando malos, y usted me parece muy malo  —hizo el gesto de olisquear como un perro, acercándose a su cara— me da en la nariz, que esconde cosas. O tal vez,  —dijo, apartando su rostro y moviéndose por la sala— solo sea un pirado más, de esos que después de cometer los crímenes dicen que lo hicieron porque alguien se lo dijo. Hablan de demonios y cosas así…vamos, algo parecido a su versión.

Dos hombres entraron en la sala en ese momento; dos agentes de una altura considerable, con el pelo rapado, corpulentos y con gafas de sol. Ernesto, al lado de ellos, parecía un enano. Parecían dos gemelos clonados de algún campeón de Culturismo. Solo se diferenciaban porqué uno de ellos tenía una cicatriz que asomaba por debajo de las gafas de sol. <<¿Quién coño son estos tíos? Parecen los malos que salían en las pelis de Jungla de Cristal, pensó Ernesto>>. Intento sacar pecho ante ellos y preguntó:

— ¿Podéis dejarme a solas con este caballero?

—No —contesto con sequedad uno de los hombres. A Ernesto le pareció detectar un deje en el acento, como si fuera un guiri, intuyó.

Todo esto empezaba a parecerle muy raro, era una situación tan extraña que hasta empezaba a pensar que quizá el hombre que estaba en esa sala no estuviera tan loco ni fuera un puto asesino.

—¿Quiénes sois vosotros, Mulder y Scully? ¿Os han enviado de Área 51?

Los dos hombres se miraron entre ellos y sonrieron con arrogancia, el hombre que había permanecido callado enseño sus credenciales y una hoja firmada por el Ministerio de Defensa en el que le daban toda la autoridad al Ejército para ocuparse del caso. Ernesto no podía creer lo que leía.

—Nosotros somos los que venimos a revelarte —habló por primera vez el hombre de la cicatriz. Y lo haremos por las buenas —se retiro las gafas de sol, dejando ver la cicatriz que llegaba hasta sus ojos negros y amenazantes, y concluyó— o por las malas.

Ernesto estaba estupefacto, el hombre le agarró por los brazos, pero él se resistió.

—¡Vale, está bien! —gritó—. Puedo yo solo. Déjenme al menos despedirme de nuestro caballero irlandés.

El tipo que le tenía agarrado del brazo, le soltó. El sintió un gran alivio en sus articulaciones, se puso bien la camisa por dentro de sus pantalones, saco un paquete de tabaco y les ofreció un pitillo. Uno de ellos gruño y le apremio para marchar. Ernesto dejó de cabrearles; era un experto en enojar a la gente, se le daba tan bien como atrapar a los malos. Se aceró a Richard y le estrechó la mano. Antes de soltarle, el policía le guiño un ojo. Richard, con habilidad, puso la tarjeta por debajo del puño de su camisa.

—Suerte, caballero —y se fue, no sin antes echar una mirada desafiante a esos tipos con pinta de matones.

Richard tuvo que admitir que ese pequeñajo, sin obviar que era un tipo odioso, tenía algo de encanto y una fuerte personalidad. Los dos hombres se acercaron a él y…

Algo le sacó de su empanamiento mental, seguía enfrente de la puerta del nuevo hotel, recordando los hechos posteriores a lo sucedido con su esposa, cuando alguien le tocó el hombro por detrás. Richard se giró, asustado. No podía ver bien a ese hombre, eran poco más de las tres de la madrugada y estaban completamente a oscuras. Richard pensó dos cosas: o le quería pedir dinero o quería robarle. Ninguna de las dos cosas.

—Te estaba esperando —dijo el hombre.

—Disculpe, debe equivocarse de persona.

—Llevo mucho tiempo esperándote. –Richard pensó que estaba loco y que lo mejor sería marchar de allí, cuando el hombre añadió—: No solo yo. Ella también está impaciente.

Richard se quedo paralizado de miedo. A pesar de la oscuridad pudo verlo, otra vez, esa sonrisa, la misma aterradora sonrisa que en el hostal. Y entonces, su corazón no pudo soportar tanto bombeo al que se vio sometido y se paró. Richard cayó desplomado sobre el asfalto. Enfrente del lugar en el que su mujer desapareció tres años atrás. Curioso, destino.

PDF: Cierra la Puerta Cap.4

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7 comentarios en “Cierra la Puerta: Capítulo 4

    • Pues a ver si es así porque estoy intrigada perdida. Mira yo trabajando,pase unos días de vacaciones la segunda quincena de julio pero ahora en el curro hasta septiembre. Leticia muy contenta alla, en su salsa, sigue en la clínica cavallini y como es su pasión y el país y esa zona en concreto, Tamarindo, debe ser preciosa, pues encantada. Yo pienso que seguramente se quedaran a vivir allí. Este año no iré pero prepararé viaje para el 2016. Me alegro vuelta de tu hermana. Ya vi que has estado de viajero. París divino, no?, una vez dije que allí querría quedarme para siempre…un abrazo.

      • Buenos días,
        me alegro mucho por Leticia y por ti. el viaje del próximo año será muy chulo, ya verás. París una pasada, me encanto, Londres bien, pero no tanto…jaja. Y ahora disfrutando de mis últimos días de vacaciones en el pueblo y con la familia, en León 🙂 Un fuerte abrazo!

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