Cierra la Puerta: Capítulo 8

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Cae la noche sobre una ciudad ruidosa y de ritmo frenético en sintonía con la mayoría de las grandes urbes, pero al  anochecer todos los terrenales viajan al mundo de los sueños como robotizados, siguiendo las leyes no escritas de una desquiciada sociedad. En el corazón de la ciudad, una luz emerge de un edificio de cinco plantas, mientras un padre y un hijo conversan sobre un terrorífico secreto, un atormentado hombre les escucha oculto tras la oscuridad, un hombre que guarda un secreto aún mayor.

—El hotel lo había puesto en pie el padre de Javier, —continuó explicándole a su hijo—se construyo en el viejo y derruido edificio donde años atrás un grupo de hombres habían llevado a cabo inquietantes experimentos con seres humanos, el mismo lugar donde un joven quedó encerrado a oscuras, sin nada que comer y beber el resto de su vida. —Richard hizo una pausa para dar el último sorbo al vaso de leche—. Cuando pasó lo de tu madre, esos hombres dedujeron que debía ser el armario donde aquel hombre había muerto de hambre o de miedo, o de ambas cosas. Me amenazaron con matarte si difundía esa historia, esos hombres lo sabían todo de ti, lo sabían todo de tu chica Elisabeth, de sus padres, hijo mío, si se me ocurría decir algo irían a por vosotros, y yo no podía dejar que eso ocurriera —sollozó, echándose las manos en la cara.

Su hijo se acerco a él, y le rodeo con los brazos, tranquilizándole.

—Ya esta, papa.

—Perdona, hijo.

—No hay nada que perdonar, papa. Ahora lo entiendo todo.

Cuando Richard se calmó, le contó algo más a su hijo, algo que provoco que se le pusiera el vello de punta:

—Hay algo más, algo que me aterra sobremanera. Al parecer esos hombres, los hombres del ejército, cuando hablaron con el padre de Javier —miraba a su hijo con un brillo en los ojos, anticipando que lo que iba a confesarle era de gran magnitud— él les confesó contar en su hotel con un armario que había encontrado en aquel jodido edificio, un armario con unas cadenas de hierro alrededor. Rompió las cadenas y comprobó el estado del armario, al ver que estaba bien decidió colocarlo en una de las habitaciones. En aquel momento los hombres que enviaron del ejército no le dieron mayor importancia, dando por zanjado el tema.

—¿Y los restos del chico, que hizo con ellos el padre de Javier?

—No había restos.

—¿Cómo que no había restos? ¿Y los huesos? Por mucho tiempo que pase, los huesos de aquel hombre debían de estar ahí.

—No había nada, cuando el padre de Javier abrió aquel armario no encontró ni huesos, ni restos, ni…absolutamente NADA.

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