Cierra la Puerta: Capítulo 9

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PORTADA

El padre rodea con los brazos a su pequeño, un chico de unos diez años, al lado del hombre, una mujer de tez morena y con el pelo recogido sonríe feliz a cámara.

—Esta foto fue tomada antes de que toda mi vida se torciera —explicó Javier al hijo de Richard— tres meses después mi madre cayó enferma. Un año después, ella falleció. Vivíamos en León, en un pequeño pueblo. Nos trasladamos a Barcelona y mi padre invirtió todo sus ahorros en los terrenos donde se construyó el hotel. Durante un tiempo conseguimos salir a flote…

Richard irrumpió en el salón, arreglado y preparado para el segundo asalto al hotel de sus pesadillas.  Javier dejó de hablar y observó de reojo el semblante de su amigo. Jhon dejó la foto de lo que un día fue una familia feliz en el estante.

Eran las diez de la mañana de un soleado día de Agosto cuando llegaron al hotel, les recibió el propio director del nuevo hotel, el Sr. Francisco. Era un hombre de unos cuarenta tacos, alto, con su abundante pelo moreno engominado y con la apariencia de ser muy seguro de sí mismo.

—Buenas tardes, caballeros  —les saludó Francisco.

—Buenas tardes, señor —correspondió Javier. Gracias por atendernos, se que está muy ocupado con los preparativos para la apertura del hotel, pero es muy importante que nos escuche hoy.

—Está bien —dijo sin más— vayamos a la cafetería que hay girando la esquina..

Richard y Jhon se sentaron juntos, enfrente estaban Javier y Francisco. La camarera que les atendió reconoció a Javier y le saludo cariñosamente. Después de eso, Richard tomó la palabra.

—Hace tres años llegué a lo que ahora es su hotel con mi mujer. Javier era el director, entonces. Un chico joven en recepción nos dio la habitación equivocada.

— Si ese chico hubiera seguido las normas… —interrumpió Javier.

—Alice, mi mujer —prosiguió Richard— desapareció. Usted conocerá la versión oficial, la que dice que se le pierde el rastro después de salir para ir al Supermercado.

Francisco asintió, escuchando atento lo que pudiera venir a continuación. La camarera apareció con una bandeja con café y varios bocadillos. Richard acabó de contarle toda la historia: desde la llegada al hotel hasta su regreso a Irlanda, incluido el incidente con aquellos hombres del ejército.

Francisco suspiró después de escuchar la historia, se terminó el bocadillo y solo entonces, habló:

—Para esto tanta insistencia en hablar conmigo —miró directamente a Javier — no soporta ver que el hotel se ponga en pie de nuevo, ¿verdad amigo?

—No es nada de eso, se equivoca si piensa que estamos aquí…

—Shhhsst!! No insista, el hotel tiene previsto abrir en unos días, y así será. Me interesan bastante poco las historietas de fantasmas que me han contado, como vuelva a verles cerca de aquí, llamaré a la policía.

—¡No se da cuenta de que pondrá vidas en peligro! —chilló Jhon—. Le importa una mierda que otras personas puedan acabar como mi madre —Jhon estaba tan furioso que se los ojos estaban inyectados de furia.

—Hijo, tranquilízate, por favor —le rogó su padre. Después, casi suplicándole a aquel hombre, le miró intentado parecer lo más transparente posible—: Por favor, caballero, al menos déjenos entrar, déjeme…

—No quiere volver a saber de ustedes: adiós caballeros.

Se puso en pie, dejó 20 euros sobre la mesa y se marcho de allí sin añadir nada más.

—Lo lamentará —le advirtió Javier antes de que Francisco abandonara el local.

Los tres se miraron entre sí, conscientes de que por las buenas no podrían convencer a ese hombre. Pero Richard tenía un plan B, no se iba a dar por vencido tan fácilmente.

Una sombra se proyectó ante ellos. Era un hombre menudo, con bigote y con una sonrisa picarona. Tenía un palillo que se llevaba a la boca y lo sacaba con insistencia. Se dirigió a la camarera con bastante osadía, dirigiendo su mano atrevidamente hasta su trasero. La mujer le retiró divertida la mano. Miró a los hombres y se sentó en el hueco que dejó libre el director del hotel.

—¿Quién es este? —preguntó Jhon, atónito.

—Se dice: Buenos días, chico. Acaso mi gran amigo, el “caballero irlandés” —guiñó el ojo a Richard— no te ha enseñado buenos modales. Te lo perdonaré, no me gusta ser muy duro con la gente joven y respondiendo a tú pregunta: Yo soy Ernesto, el mejor detective que puedas encontrar en Barcelona y…el as bajo la manga que guarda tu padre.

PDF: Cierra la Puerta Cap.9

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