Cierra la Puerta: Capítulo 12

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PORTADA

Jhon no podía creerlo, su madre estaba ahí, apoyada en sus brazos, parecía tan frágil en esos momentos…Tenía ganas de abrazarla fuertemente, pero aún tenía más ganas de salir corriendo de aquel infierno. Richard se unió a ellos, al acercarse a su mujer se percato de que estaba diferente, pero sobretodo, se la veía agotada y débil. La contempló abobado, como si fuera irreal, como si estuviera inmerso en mitad de un sueño y en cualquier momento fuera a despertar, y entonces, se encontraría de nuevo sumergido en un profundo túnel de tristeza y de perdida.

La cogió de la mano con ternura y descubrió que aquello no podía ser imaginario, que ese dulce contacto con sus manos de seda era real. Ella alzo la cabeza para mirarle y entonces, algo en su mirada, hizo que se asustara, alzó el dedo en alto y Richard siguió la trayectoria que marcaba, se giró y contempló aterrado quien estaba detrás de él. Esa figura horrenda estaba enfrente de él, había abandonado el cuerpo de Javier y dibuja esa sonrisa tan escalofriante en su rostro. Cogió a Richard y con una fuerza sorprendente lo arrastró hasta el armario.

—¡No! —gritó Alice, aunque apenas podía sostenerse en pie.

Ernesto, con la herida abierta en su cráneo, había conseguido con gran estoicismo ponerse en pie y le golpeó por detrás con gran fuerza con una lámpara de mesa. Richard consiguió zafarse y se arrastró como pudo hasta llegar a la altura donde estaban su mujer y su hijo. Ernesto saco de la chistera una pequeña pistola semiautomática, pero ese maligno ente arremetió contra él con toda su furia y tanto el arma como él salieron despedidos contra el suelo.

Javier parecía volver en sí, pero nadie se dio percato porque en ese momento estaban pendientes de la batalla que estaba librando Ernesto contra aquella criatura demoniaca. Ahora le tocaba tomar partido a él en ese combate, sabía que había estado poseído por él; siempre lo sabía, pero era hora de acabar con esto.

El detective, se puso en pie y corrió con destreza hasta alcanzar su arma, que había caído tras uno de los muebles. Cuando Ernesto consiguió hacerse con ella, apunto hacía donde estaba aquel ente repulsivo, que no dejaba de sonreír, y con gran aplomo disparó. La única luz que había en aquel habitáculo, la linterna de Ernesto, y que permanecía flotando en el aire, se fundió, y el silencio más absoluto se apodero del habitáculo.

—¡Creo que le he dado, chicos! ¡Creo que he acabado con ese monstruo! —gritó exultante Ernesto—. Sin duda este es el peor bicho que he tenido que atrapar en toda mi….

Se escucho un grito ahogado y después; de nuevo, nada. El silencio era tan espeluznante que la respiración forzada y entrecortada de Alice añadía una sinfonía de dudoso gusto auditivo. Richard abrazo con suma delicadeza a su mujer, que tiritaba de pánico.

Richard no se atrevía a volver a alejarse de su querida esposa, pero Jhon sintió la necesidad de ayudar al tipo odioso que había conocido apenas hace unas horas, un tipo que qué estaba dando su vida por ayudarles. Recordó que tenía una aplicación en el móvil que podía servirle para iluminar la habitación. La activo y apunto en dirección hacia donde debía estar Ernesto, pero no vio nada. Quiso avanzar, pero su padre le cogió del brazo.

—No te muevas —le ordenó.

Antes de que su hijo pudiera replicarle, un disparo resonó en la habitación. Jhon se tiró al suelo y el móvil se le escapo de las manos. Richard y Alice también se tiraron al suelo. Un segundo disparo. Jhon, a tientas, llegó hasta el móvil, iluminó la estancia y…se le heló la sangre. No podía creer lo que sus ojos le mostraron.

Richard, al contemplar la tétrica escena, enmudecido. Ni en sus peores pesadillas podía imaginar tal desenlace.

Aquel repulsivo ser tiraba del cuerpo moribundo de Ernesto, dejando un reguero de sangre bajo sus pies. Detrás de él, como si fuera su fiel adepto, Javier portaba el arma con el que había disparado al detective. Se giró al ser apuntado por la luz, para observarles.

—¿Qué hago con ellos? —preguntó.

No obtuvo respuesta. Solo la mayor y aterradora sonrisa de todas las que había podido contemplar a ese asqueroso monstruo.

—Entendido —contestó con frialdad Javier.

PDF: Cierra la Puerta Cap.12

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